En El hombre en busca de sentido, Viktor Frankl nos ofrece una herramienta nacida en la oscuridad más absoluta: la experiencia de sobrevivir a un campo de concentración nazi. Allí, frente a la brutalidad y la muerte, descubrió lo que llamó “la última libertad” del ser humano: la capacidad de elegir su actitud.
Frankl nos recuerda que la vida puede arrebatarnos todo —la salud, los afectos, la seguridad, incluso la dignidad— menos una cosa: la libertad interior de decidir cómo enfrentamos lo que nos ocurre. Y con esa libertad viene también la responsabilidad.
La vida es difícil. Está plagada de pérdidas, lágrimas, derrotas que nos ponen de rodillas. Es fácil pensar que lo vivido por Frankl pertenece a otra dimensión, imposible de comparar con nuestra experiencia. Pero ¿qué ocurre cuando mi propia actitud convierte mi vida en un infierno? ¿Qué hago si soy yo quien sostiene el látigo?
No necesito estar tras las alambradas de Auschwitz para entender el mensaje. Puedo recrear ese mismo infierno en mis resentimientos, en mis traumas, en el hielo con que encierro mi corazón. Y el final puede ser el mismo: la destrucción de mi espíritu. La única diferencia es que en vez de la mano de un guardia, estaría la mía.
Durante años escuché el llamado de la Vida y me negué a responder. Me refugié en el placer inmediato, en el alivio momentáneo de mis impulsos, en la comodidad de mi propio drama. Esperaba que la tormenta pasara sola, pero la tormenta no se iba.
Hasta que lo perdí todo. Caí. Me vi casi reducido a cenizas, ahogado por mis propios gritos pidiendo auxilio.
Y fue ahí, en medio del derrumbe, donde desperté. Comprendí que mi actitud era lo único que me quedaba. Descubrí que esa era mi última libertad: escoger cómo pararme frente a la tormenta. Y entendí que la tormenta no era un castigo, sino parte de mi trayecto hacia lo que hoy reconozco como el sentido de mi existencia.
No vine a este mundo a sufrir. Vine a crecer, amar y sanar. Vine a aprender a resistir con esperanza, a descubrir mi resiliencia en medio de la adversidad, a conocerme en mis quiebres, a reconstruirme una y otra vez con paciencia y gratitud, con la certeza de que cada golpe puede convertirse en la raíz de una nueva fortaleza.
Decir sí a la vida no es un acto único, es una práctica diaria. Cada día debo pronunciarlo de nuevo: al levantarme, al enfrentar mis caídas, al mirar mis heridas sin rendirme ante ellas. La resiliencia es ese músculo que se fortalece con cada decisión de no quedarme en el suelo.
Hoy puedo decir que he respondido al llamado de la Vida. Y lo hice con un Sí.
Un Sí que se pronuncia con la frente en alto y con la voz clara.
Pero esta no es solo mi historia. Es también la tuya. Tú también enfrentas tormentas. Tú también puedes escuchar esa voz que susurra y te llama a responder. Y como yo, tienes en tus manos la última libertad: la actitud con la que decides hacerlo.
No basta con reconocerlo. Debes elegir. ¿Vas a dejar que tu tormenta te destruya, o vas a permitir que cada golpe te haga más fuerte?
Porque no elegimos nuestras tormentas, pero sí la forma en que navegamos en ellas. Decir Sí a la vida no es negar la oscuridad, es decidir caminar dentro de ella con un propósito que la trascienda. Ese Sí convierte el dolor en maestro y a cada herida en sentido.
El dolor y la pérdida son inevitables. Pero rendirse es opcional.
No es la tormenta la que dicta quién soy, sino el Sí que elijo pronunciar incluso en medio de ella. Ese Sí, repetido cada día, es lo que me hace Libre.