Cuando somos niños, vivimos en un estado de completa dependencia.
Nuestra seguridad, nuestra supervivencia y hasta nuestro sentido de identidad están en manos de otros seres humanos: nuestros padres.
Confiamos —porque no hay alternativa— en que ellos sabrán cuidar, amar y proteger.
Pero el problema es que también son humanos, y si algo nos caracteriza como especie es que aprendemos por ensayo y error.
Y sus errores, lamentablemente, no solo afectan sus vidas, sino que dejan huellas en las nuestras.
No digo esto para culparlos y no es una denuncia: es el contexto necesario para una pregunta profunda.
¿Qué ocurre dentro de la mente y el corazón de un niño cuando descubre, aunque no pueda ponerlo en palabras, que sus padres no están realmente facultados para cuidarlo?
Si lo pienso desde el lugar de alguien completamente indefenso, la sola idea es aterradora.
Cuando dependes completamente de otro ser humano y ese ser no puede darte contención, tu sistema psíquico entra en emergencia: No puedes escapar, no puedes protestar, no puedes sobrevivir solo.
Entonces el niño crea su propia estrategia para sentirse a salvo: Ahí nace el trance.
Uno de esos trances se llama sugestión post-hipnótica.
Es una especie de “programa interno” que se instala sin que nos demos cuenta y que continúa operando toda la vida, mucho después de haber salido de la infancia.
Si recibí el mensaje —como fue mi caso— de que “los niños no lloran”, lo que aprendí no fue solo a contener el llanto: aprendí que mi emocionalidad es peligrosa, que mi tristeza puede incomodar, que mostrar mi dolor pone en riesgo el amor.
Y para un niño indefenso, el rechazo equivale a la muerte.
Así, la emoción se reprime, el llanto se transforma en rigidez, y el dolor, en sufrimiento silencioso.
Y ese mandato queda grabado, repitiéndose como un eco cada vez que la vida me invita a abrir el corazón.
La voz interna dice: “Si muestro quién soy, me rechazarán.”
Y entonces me disfrazo, me alejo de mi autenticidad, interpreto un personaje aceptable y vivo en auto-traición constante, acumulando resentimiento hacia mí mismo y hacia los demás.
En su origen y en su momento, ese trance fue una defensa necesaria, una forma de sobrevivir.
Pero al avanzar, lo que fue adaptativo se convierte en cadenas hacia el ayer.
Seguimos actuando desde ese viejo mandato, sin notar que ya no somos el niño que necesitaba protección, sino el adulto que puede sostenerse, cuidarse y elegir.
¿Y cómo se sale de ese trance?
El primer paso es reconocerlo: Nombrar la voz interna, verla actuar, observar sus patrones con distancia. Ese gesto simple ya es un acto de libertad.
Porque quien observa no está atrapado: está despierto.
Cuando logramos ver la sugestión, dejamos de ser su efecto.
Entonces emerge la verdad esencial: soy un ser humano digno de amor y respeto, capaz de cuidarme, de ofrecerme lo que antes no recibí.
Y desde ahí, puedo empezar a amar sin miedo.