Ser víctima es simple y no requiere esfuerzo. Si todo lo malo que me ocurre es culpa de otro, yo quedo libre de responsabilidad y siempre hay a quien culpar: la sociedad que no me entiende, el grupo que conspira para manipularme, el sistema que roba mi energía o esas personas que me dañaron y dejaron cicatrices tan profundas que parecen justificar todos mis miedos.
Ese papel me da un argumento perfecto: mi aislamiento no es miedo, es prudencia, mi corazón cerrado no es cobardía, es autocuidado. Y no me entrego del todo a ningún vínculo, porque sé —o al menos estoy convencido— de que tarde o temprano intentarán destruirme. Así convierto mis barreras en virtudes y, por si acaso, siempre tengo lista una ruta de escape.
También pongo a prueba a quienes se me acercan. Si superan mis exámenes interminables, quizá merezcan quedarse en mi vida. Pero, en la práctica, esas pruebas son trampas diseñadas para confirmar lo que ya creo: que nadie es digno de confianza.
El papel de víctima es adictivo. Me mantiene en guardia, urdiendo defensas que me dan la ilusión de control. En el drama que escribo, yo soy el protagonista invulnerable, indestructible, un héroe solitario que se enfrenta a un mundo hostil. Pero detrás de esa apariencia heroica se esconde otra verdad: un miedo profundo a cambiar.
Y entonces el Amor se vuelve un enemigo. Quien intente amarme pagará caro su atrevimiento. Someteré cada gesto a examen, sospecharé de cada palabra, hasta cumplir mi profecía: que el Amor no es más que una trampa para ingenuos.
En el fondo lo sé con claridad. Ser víctima es vivir en una prisión con barrotes de hielo: fría, rígida, alimentada por mis miedos, inseguridades e incapacidad de confiar.
Sin embargo, hay una parte de mí que se rebela. Una voz suave pero firme, que reconoce lo que mi Ego quiere negar: victimizarme es infantil y cobarde.
Esa voz me dice basta. Me invita a arriesgarme a confiar, a abrir mi corazón y derretir esos barrotes con mi fuego interno. A renunciar al guion receloso que examina cada gesto en busca de traición. A aceptar la vulnerabilidad de amar sin garantías, a entregarme libremente sin apegarme al resultado y a confiar en la fortaleza de mi carácter.
Abrir el corazón significa permitirme sentir sin que el miedo gobierne mi comportamiento. Dejar que la vida me toque, aunque pueda doler, y es también aprender a perdonar. Porque cuando decido no descargar en los demás las culpas de mi pasado, abro un espacio limpio en el que pueden surgir nuevas formas de relación. Significa comprometerme con la decisión consciente de no vivir prisionero del ayer, sino en la libertad del momento presente.
La confianza no se trata de que el otro nunca cometa un error. Se trata de mi capacidad para poner límites y sostenerlos sin miedo. En esa certeza, enseño a los demás cómo relacionarse conmigo y así mi fortaleza ya no está en las murallas que levanto, sino en el Amor que me permito dar y recibir sin perderme a mí mismo, haciéndome responsable de mi cuidado y mi bienestar.
La enseñanza es clara: el pasado no me condena, pero tampoco me absuelve. El dolor no me autoriza a vivir sintiendo lástima por mí mismo. Mi historia es mía, y lo que haga con ella decide lo que soy y lo que seré.
Y si no asumo mi historia, cedo mi vida a la Víctima. Y nada es más trágico que entregar la libertad a quien solo sabe vivir encadenado.