Le escribo a personas que no aman su vida tal cual es, pero que quieren hacerlo y no saben cómo.
“Ama la vida que vives. Vive la vida que amas” dice una cita de Bob Marley. Fácil de decir, para mí, casi imposible de practicar.
Me pregunté: “¿Cómo hago eso? ¿Quieres decir que no me arrepienta de nada?”. Y así empezó mi búsqueda. Leí libros, fui a terapia, participé en charlas y experiencias de crecimiento personal. Pero mi recorrido era perimetral, rodeaba el centro sin alcanzarlo. No sentía que estuviera pudiera vivir en ese estado de gratitud.
Al principio intenté poner el foco en mis logros académicos, que nunca me parecieron suficientes. Luego en el estatus, en mi forma de vestir, en mi cuerpo, en estar en forma o no. Pero nada funcionaba. El peso de mis fracasos y el recuerdo de mis errores siempre primaba. Y entonces, en lugar de amarme, me despreciaba aún más.
Es común llegar a la adultez cargando heridas del pasado, con patrones que nos aprisionan y un profundo vacío de propósito. Y aun así, seguimos de pie, buscando una manera de sanar y reconstruirnos, sosteniendo la esperanza de que una vida mejor es posible.
El problema es que confundimos nuestras heridas con nuestra identidad. No logramos perdonarnos, nos castigamos en silencio, plagados de resentimientos. Cargamos con los errores del pasado y tememos mostrarnos vulnerables, aun sabiendo que la vulnerabilidad es la única puerta hacia la aceptación. Queremos vivir en paz con nuestra historia, pero no nos atrevemos a mirarla tal cual es, sin adornos ni tragedias.
Yo mismo desprecié mi existencia, y permití que otros me trataran como basura, confirmando mi creencia de que no era digno de amor ni respeto, que mi vida era una letanía de momentos tristes. Duele reconocer cuánto fui responsable de esa tragedia y de los vínculos que sacrifiqué por no saber perdonarme. Casi rendido a la falta de sentido y a la depresión, permanecía ciego al valor de mi vida y a lo que podía entregar y recibir. Vivía en la pretensión vacía de las apariencias, prisionero de mi ego. Casi perdiendo la posibilidad de ser protagonista de mi historia y vivir con sentido.
Con el tiempo entendí algo sencillo, pero transformador: no era que mi vida no tenía sentido; estaba en mis manos darle uno y hacerme merecedor de ese regalo. No se trataba de repetir frases en el espejo ni de acumular logros externos. Se trataba de aprender, con paciencia y compasión, a cultivar la gratitud por el solo hecho de estar vivo.
No fue simple, pero es posible. Y lo sigo practicando cada día. Porque una vida con sentido y gratitud no es un destino, es un camino. Y si ese camino se abrió para mí, también puede abrirse para cualquiera que decida dar el primer paso.