Más de una vez me encontré con un sentimiento profundo de injusticia en mis relaciones, ya fueran de pareja o de amistad. Me veía pensando: “Lo entregué todo, ¿cómo es posible que se alejen de mí?”. En mi mente, el amor era dar sin medida, dar hasta vaciarme, «dar hasta que duela«. Y sin embargo, ese exceso no acercaba: alejaba.
La respuesta era simple y desconcertante: no sabía entregar.
Comprendí que dar no siempre nutre. Así como puedo sentirme incómodo, o incluso avergonzado, al recibir un regalo que me parece demasiado, también yo provocaba desconexión cuando ofrecía más de lo que el otro estaba preparado para recibir. Mi entrega, en lugar de fortalecer el vínculo, lo desequilibraba. Y lo que creía amor, en realidad creaba dependencia, resentimiento e inmovilidad.
Cuando daba desde mis miedos y carencias, no ofrecía libertad, producía control. Quería asegurarme de que la relación no decayese, pero mi modo de dar era, en realidad, una forma de imponer mi voluntad. No miraba al otro tal cual era, lo convertía en un espejo para verme a mí mismo como un héroe generoso, entregado, incluso casi santo. No estaba amando: estaba usando.
Buscaba agradar para no ser abandonado. Me anulaba con la ilusión de que mientras alguien dependiera de mí, no se iría. Y en ese afán, no creábamos un crecimiento compartido: fabricaba evasión. Lo que yo llamaba amor se volvía una prisión; lo que yo pensaba entrega, una deuda. Hasta llegaba a infantilizar al otro, intentando ahorrarle los dolores que solo la vida puede enseñar, negándole la oportunidad de madurar.
Con el tiempo entendí que lo que de verdad buscamos es compartir. Y compartir es algo distinto: es la danza entre dar y recibir, donde ninguno invade ni se anula. Donde ambos se hacen merecedores de lo recibido y responsables de lo entregado. Es el reconocimiento de que el amor florece en la reciprocidad: cuando uno inspira en el otro el deseo de abrirse, de ofrecer, de crecer.
Porque solo aquello por lo que me esfuerzo tiene verdadero valor, y solo aquello que reconozco como valioso entrego con cuidado. El amor maduro no busca retener ni imponer, sino liberar. No se funda en la necesidad, sino en la presencia.
Y así, me queda la pregunta abierta: cuando entrego, ¿qué estoy ofreciendo en realidad? ¿Un regalo que nace de la libertad de mi ser, o una cadena que brota desde el miedo a perder?