Hay libros que son una guía para distintos momentos de la vida. Obras a las que conviene volver una y otra vez, porque cada lectura revela algo nuevo, ajustado al instante en que nos encontramos. Uno de esos libros, para mí, es El camino menos transitado de M. Scott Peck.
Inicia con una afirmación contundente: “La vida es difícil. Y al aceptar esa verdad, dejamos de ser sus víctimas.” y aunque pueda sonar duro, pocas frases encierran tanta libertad. Porque cuando dejamos de esperar que la vida sea fácil, dejamos de luchar contra lo inevitable y empezamos a crecer en lo que sí podemos transformar.
Peck enseña que la vida siempre cobrará su precio: dolor, pérdida, exigencia. La clave no está en evadirlos, sino en cómo los atravesamos. Aquí aparece la disciplina, tan mal comprendida y aun así tan necesaria. No es represión ni rigidez: es renunciar al alivio inmediato para abrazar un propósito profundo, es un acto de amor propio. En su raíz, la disciplina es sacrificio voluntario: elegir entregar algo hoy para construir un mañana mejor, fundado en valores y principios que nos sostienen.
Disciplina, responsabilidad y verdad son, en el fondo, sinónimos de madurez. En que se puede sostener el verdadero Amor. No el amor adolescente y romántico que se agota en ilusiones, sino el amor como acto consciente de crecimiento. Amar es decidir fomentar la vida —la propia y la del otro—, lo que a veces significa ternura y otras veces, límites firmes. Pero siempre implica ver al otro cómo es, no cómo quisiera que fuera.
También nos recuerda tener una práctica espiritual que no solo tome en cuenta lo psicológico, sino que mejore nuestra relación con lo divino, con lo misterioso que coopera en silencio con nuestro proceso. Lo divino no resuelve mis problemas, sino que me acompaña a enfrentarlos.
En cada encrucijada de la vida se nos presentan dos caminos. El más ancho, el de menor resistencia, es el que el ego suele tomar: el de la negación, del orgullo y el resentimiento, de las excusas y no aceptar nuestra propia imperfección, en que proyectamos nuestra culpa en los demás, pavimentado de complacencia.
El otro, más estrecho, exige decisión, esfuerzo e intención. Es el sendero de la verdad, de la aceptación de la propia realidad, del trabajo por transformarla. Cada pérdida, cada cierre, cada aparente final abre en realidad una nueva posibilidad: el inicio de un camino que nos sorprende al mirar atrás y descubrir cuánto hemos crecido gracias a lo que parecía adversidad.
Ese es el camino menos transitado: el que nos libera de las ataduras del pasado y nos conecta con lo que realmente importa. El camino de la responsabilidad, la disciplina, el amor y la espiritualidad; un camino difícil, sí, pero también el único que nos abre a la verdadera plenitud.