Un aspecto intrínseco de la vida es el dolor. No se puede evitar, por más que intentemos anestesiarlo. Y cuando lo negamos, termina multiplicándose hasta que la presión rompe la represa del autoengaño y nos arrastra con más violencia.
Lo sé porque lo intenté todo: drogas, mentiras, relaciones superficiales. Cada cosa fue un intento desesperado de controlar lo incontrolable, de mantenerme en la ilusión de que podía evitar lo inevitable. Pero la realidad siempre se impuso, implacable.
Lo más duro fue enfrentar el sacrificio. No el voluntario, sino el impuesto: perder a la fuerza lo que más amaba. Y cada pérdida me dejaba con un sentido de injusticia e impotencia, que luego se transformaban en resentimiento y amargura. Elegí demasiadas veces la victimización, y en esa elección me volví hostil conmigo mismo y con la vida. Me odiaba por tropezar una y otra vez con la misma piedra, hasta que todo me parecía vano, sin sentido.
Leí a Frankl, Nietzsche y Peterson buscando respuestas. Memoricé frases, repetí discursos incansablemente, esperando que un día se transformaran en realidad. Pero nunca ocurrió. Porque las palabras sin acción son solo aire, y en ausencia de compromiso solo nace la charlatanería. Y así fue: usaba el discurso para alimentar mi engaño, modulando mis opiniones, disfrazándome de lo que otros esperaban de mí. Era un camaleón que renunciaba a su identidad para conservar vínculos.
Con el tiempo, el espejo me mostró un personaje. Y odiaba ese personaje. No amaba mi vida porque, en el fondo, no me amaba a mí mismo.
Pero lo divino es paciente. No desaparece porque yo pierda la fe. Sostiene, espera, insiste. Y esta vez decidí escuchar. En vez de resistirme al sacrificio involuntario, elegí el voluntario. Renuncié a mi pretensión de control y me entregué a valores más elevados.
Hice del dolor un altar, y en él puse todo lo que debía dejar morir para que algo nuevo pudiera nacer. Hacerme merecedor de la vida que anhelo y sostener con aprecio lo que más amo.
Inicié el trabajo de hacer las paces con mi historia, de aceptar mis errores, de perdonarme. De asumir responsabilidad incluso por aquello que ocurrió cuando no podía evitarlo. Comprendí una verdad ineludible: si no estás dispuesto a sacrificar todo por lo que amas, lo que amas terminará siendo tu sacrificio.
El sacrificio voluntario no me roba: me eleva. Me devuelve la dignidad de ser protagonista de mi propia vida. Me regresa la fe y la certeza de que todo es perfecto, tal cual es.
El sacrificio voluntario abre la puerta a lo eterno. Y en esa entrega descubrí que nada esencial se destruye: lo que muere es solo ilusión, lo que permanece es lo verdadero.
Cuando dejo ir lo que temo perder, me encuentro con aquello que jamás podrá serme arrebatado.